Me falta incluirle imágenes a estos post, necesitaré una buena galería de fotos... a armarse de paciencia.
Pienso que la gran trampa es esa palabrita que llamamos progreso. Es obvio: en cuanto decimos que algo es bueno, claro que queremos ir hacia allá. ¡O sea!. Por supuesto que todos queremos progresar. Es algo medio instintivo, supongo que con base en la biología, el hedonismo natural de los seres vivos.
La trampa está en el qué: a qué llamamos progreso. En cuanto fijamos la meta los sistemas se van a mover solitos hacia allá, para eso estamos diseñados. Es de perogrullo, pero si pensamos que progresar es comprar o cambiar más cosas, poseer, volvernos expertos, entonces adquirir nos hará más felices - al menos por unos quince minutos ¿te has fijado cuánto te dura el efecto de algo nuevo que compras? haz la prueba de tomar conciencia, notarás que con la mayoría de las cosas el entusiasmo dura re poco.
Pero ¿y a qué entonces le vamos a llamar progreso?
Acá podemos caer en otra trampa: generar nuevas definiciones de progreso, quizá alternativas. Quizá si bajo de peso o hago ejercicio, eso es progreso, o si leo un libro. O si tomo ese nuevo curso. O si me atrevo a ser más honesto y decir lo que pienso y siento. Si actúo y rescato algunos de estos valores más "profundos", es posible que me sienta bien por un tiempo mayor que con mi nueva polera o pantalón.
Pero (porfiado el niñito) me hago la pregunta más de fondo: ¿necesitamos siquiera una noción de progreso? ¿porqué?
Mi apuesta: necesitamos al progreso para suplir carencias personales, sensaciones de vacío, de falta interior. Si no falta nada dentro, puedo ser feliz con cada cosa. Tan tán.
Foto tomada por mi hija Maira,
de 13 años.



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